Malawi: el JRS que pude ver y tocar
16 julio 2012

El campamento de Dzaleka a mediados de los 90. (Michael Coyne)
Recuerdo la vida en el campamento de Dzaleka, en Malawi, entre 1995 y 1997, como una bendición y como una de las situaciones más estresantes de mi vida. Bendición porque fue un lugar al que pertenecía legalmente.

Ohio, 16 de julio de 2012 – Recuerdo la vida en el campamento de Dzaleka, en Malawi, entre 1995 y 1997, como una bendición y como una de las situaciones más estresantes de mi vida. Bendición porque fue un lugar al que pertenecía legalmente. Era un hogar. Estaba viva, me tenían en cuenta, alimentada, vestida y podía ir a la enfermera o al doctor si enfermaba. No se oían disparos, granadas ni bombas. Estaba en calma; podía realmente dormir. Al poco tiempo, devolví la tienda en la que vivía y me fui a una casa. A pesar de que teníamos que compartirla, un campamento de refugiados con casas era una oportunidad.

Vendía arroz, tortas de aceite y azúcar en el mercado de Dowa para poder abastecerme de lo que el ACNUR no proveía. La gente de Malawi siempre fue amable. Compraban mis productos no porque los necesitaran, sino para no disgustarme. Tenía que vender mis productos en pequeñas porciones para que su deseo de complacerme no afectara a sus pobres bolsillos. Leía compasión en su mirada, comprensión y disgusto por no poder hacer más. Eran pobres, pero encantadores conmigo.

La vida en Dzaleka era difícil por muchas razones. Cargábamos con un gran dolor desde nuestro país. Nuestra comida dependía de los camiones de sumnistro del ACNUR. No veíamos cómo salir de esa vida, no había perspectivas de futuro.

Siempre me gustó rezar y la vida en Dzaleka hizo que volviera a arrodillarme. Recé como jamás lo había hecho. Al amanecer, iba a orar a las aulas. Al mediodía, una amiga y yo íbamos a una colina a rezar, y por la tarde volvíamos a ir. Entre tanto, rezaba en silencio en todo lo que hacía. Leía la Biblia y quería creer con toda mi alma en las promesas escritas allí. Pero mi fe había quedado socavada; tantas oraciones no habían conseguido detener las matanzas de inocentes en mi país, incluso en las iglesias. Estaba confundida sobre Dios y, sin embargo, rezaba. 

Joe Moretti, del JRS, fue la respuesta a mis plegarias. De Joe sólo sabía que era un voluntario de New Jersey. Con nuestras historias por explicar, nosotros los refugiados raras veces les damos a quienes nos ayudan la oportunidad de que nos cuenten la suya. Mientras que la Hna. Yolanda y la Hna. Catherine tenían ocupadas a las mujeres cortando y cosiendo, Joe se reunía con algunos hombres y hablaban de filosofía; ese era el grupo que me gustaba más. Sólo tenía un diploma del instituto y necesitaba practicar mi inglés. Nuestro grupo hablaba de muchas cosas, pero la que más me impactó fue "la búsqueda de la felicidad". Nunca había oído hablar de eso. Yo relacionaba este concepto con otro: "la educación es la clave", que era algo que había oído muchas veces. Le hablé a Joe de mis aspiraciones de ir a la universidad, para ganarme bien la vida y cómo esto me parecía totalmente imposible. No contestó, simplemente escuchó, como solía hacer. No me podía creer cuando la siguiente vez que vi a Joe, me dio unos formularios para la universidad. Me dijo: "Nosotros podríamos ayudarte a entrar". Ese "Nosotros" era el JRS.

Me gradué en empresariales por la Africa University, en Zimbabwe, en 2001. Me trasladé a los EE.UU. en 2003 cuando terminé un máster en gestión empresarial y trabajé unos años. Sin embargo, inspirada por Joe y otras buenas personas que han pasado por mi vida, en especial mi esposo y su familia, supe que la verdadera felicidad es dar felicidad a los otros en el nombre de Dios. Con esta definición actualizada de la felicidad, he hecho un cambio y ahora estoy cursando un máster en teolgía. Quiero formar parte de los Metodistas Unidos para hacer de este mundo un lugar mejor.

Joe siempre insistió en que no era él, sino el JRS, quien me ayudaba. Sin embargo, él era el JRS que pude ver y tocar. Oswald Chambers escribió: "Tu has nacido en este mundo y quizás nunca sepas para quién son una respuesta las plegarias de tu vida". Joe fue la respuesta a las mías. Él ahora vive con el Señor y en los corazones de tantos de nosotros. Cada Semana Santa y cada Navidad pongo flores en el altar en su memoria, rogando para que su sacrificio y sus esfuerzos sean siempre reconocidos en mi vida y en la de aquellos a quienes ayudó incansablemente.   

Claudine Leary

Este artículo fue publicado en la última edición de Servir. Clique aquí para leer más.


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